martes, octubre 4, 2022
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Pablo Casado, el «buen tipo» al que los suyos terminaron dando la espalda

Pablo Casado, quien fuese el líder inesperado del PP tras Mariano Rajoy, se marcha del liderazgo, deja su escaño en el Congreso y cualquier responsabilidad en el partido apartado por prácticamente todos los que le auparon y que le han dejado caer con el argumento de que su choque con Isabel Díaz Ayuso no dejaba otra salida, aunque sea un «buen tipo».

Es en lo que coincide la mayoría. Cercanos y adversarios. Pablo Casado Blanco (Palencia, 1981) es, dicen, una buena persona. De las que no olvidan preguntar por la familia ni pierden las formas. El relato deja de coincidir ya en el porqué de su caída, que le ha costado tres despedidas, la última este viernes en el XX Congreso Nacional que ha dado el mando a Alberto Núñez Feijóo.

Para unos, ha sido víctima de una injusticia porque su compromiso contra la corrupción le llevó a pedir información a la presidenta de la Comunidad de Madrid sobre contratos de los que se habría beneficiado su hermano y quien fuese su amiga le traicionó y lanzó una campaña para desacreditarle.

Para otros, es víctima de su inseguridad y de su particular Rasputín, su secretario general, Teodoro García Egea, que ante la debilidad del liderazgo buscó imponer un control férreo del partido, saltándose a los barones, pero tropezó en Madrid, al intentar aplacar a Ayuso, una operación que los afines a Casado siguen negando.

Lo inopinado es que la situación creada llevó al PP a una crisis sin precedentes, con miles de seguidores de Ayuso pidiendo su dimisión a las puertas del partido como adelanto de una caída que se precipitó en apenas una semana en la que Casado empezó a perder apoyos, uno tras otro, hasta que su núcleo duro se redujo a no más de cinco personas.

«Podré haber hecho algo mal, pero no he hecho nada malo», sostuvo ante sus barones en la reunión que confirmó su salida del liderazgo. Este desenlace no se entendería sin el enfado previo de muchos dirigentes por las injerencias y el desprecio, dicen, de Génova.

Pero el detonante fue Ayuso. Su amiga y su talón de Aquiles. Desconocida cuando en 2019 la designó candidata y tres años después una ‘rockstar’, pidió liderar el partido en Madrid y no dejó de marcar perfil propio. Durante los meses de enfrentamiento previos a la explosión, en el entorno de Casado era palpable el enfado con lo que entendían como una deslealtad de una de los suyos.

El liderazgo de Casado termina como nació, en medio de una crisis interna. Su adiós culmina a una trayectoria ligada al partido, cuyo mando asumió en julio de 2018, cuando la marcha de Rajoy dividió a la formación y compitieron en primarias sus dos pesos pesados, María Dolores de Cospedal y Soraya Saénz de Santamaría.

Descartada Cospedal por los afiliados, y victoriosa Sáenz de Santamaría en la primera fase, Casado ganó en segunda vuelta -la de los compromisarios- gracias al respaldo de la exsecretaria general del PP.

En estos casi cuatro años ha dirigido el PP y la oposición en medio de una actualidad en permanente aceleración y acumulación de episodios históricos.

Victorias solo ha tenido una, la del XIX congreso, porque en las urnas vivió dos derrotas, en abril de 2019, con 66 diputados y en noviembre, tras el descalabro de Ciudadanos, cuando remontó a 89. En su equipo confiaban en que el tercer intento fuese el del éxito y en el partido contaban con que el tercer intento de fracasar fuese el último.

En su etapa también ha habido victorias de sus compañeros, pero no se le han computado, al contrario que algunas derrotas, como la de Cataluña.

Por si fuera poco, el aval de los Gobiernos autonómicos de Andalucía, Madrid, Castilla y León y Murcia se convirtió después en una cuna de contrapoderes frente a su liderazgo.

Además, ha estado marcado por un centroderecha dividido en tres. Casado logró comerse a Ciudadanos, tras introducirle en Gobiernos en coalición, pero no ha sabido frenar a Vox, con los que ha marcado fuertes distancias, lo que no ha impedido pactos con este partido como socio externo.

El primer gobierno de coalición, el de Castilla y León, se ha construido con él apartado del liderazgo.

Uno de sus discursos más celebrados fue el pronunciado en la moción de censura presentada por Vox, cuando Casado rompió con Santiago Abascal, antes su amigo y al que acusó incluso de disparar contra el partido que le había «dado trabajo durante 15 años».

Es también la intervención en la que sus adversarios, y también voces de su partido, marcan el principio de su fin, por chocar contra sus propios exvotantes.

A Casado se le han reprochado además sus virajes, de la derecha más liberal y conservadora asociada a su mentor, José María Aznar, , a abrirse después al centro, o de llamar «felón» a Pedro Sánchez a proponerle pactos de estado. Cayetana Álvarez de Toledo, cesada como portavoz en el Congreso, le tildó de «veleta» y «bienqueda» con «miedo».

Por unas y otras razones, su liderazgo no terminaba de convencer, pese a que es un hombre de partido, en el que se pensaba para diferentes cargos. Se afilió en 2004 y ascendió junto a la presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, que también le ha dado en su final la espalda.

En la órbita del aguirrismo, fue diputado en la Asamblea de Madrid entre 2007 y 2009, hasta que pasó a dirigir el gabinete del expresidente Aznar, que llegó a hablar de él como su sucesor cuando no había ningún proceso para sustituir a Rajoy.

Dirigió además Nuevas Generaciones (2005-2013) y en 2015, dio el salto a la cúpula del PP, primero como portavoz de la campaña de las municipales y autonómicas de mayo de 2015 y luego, cuando Rajoy decidió renovar la dirección tras los malos resultados obtenidos, como vicesecretario de Comunicación.

Casado pasó a ser entonces uno de los rostros de la renovación del partido y desde Génova se sobrepuso a una intensa polémica sobre su currículum, la velocidad con la que aprobó asignaturas de Derecho o la forma en la que obtuvo títulos de universidades extranjeras.

Quienes le conocen, cuentan que Casado supo desde joven que llegaría lejos y ya cuidaba su imagen pública antes de tener puestos de responsabilidad. En Moncloa, donde ya se imaginaba, ambicionaba la puesta en marcha de un nuevo contrato social.

Ahora, se va de la séptima planta de Génova. Deja el mismo despacho que heredó pese a que anunció que se mudarían de sede. Sin las obligaciones del liderazgo tendrá más tiempo para sus dos hijos y su mujer, Isabel. Por ellos pidió a los dirigentes del PP, los mismos que le auparon, una salida digna. 

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