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Mariano y el huevo de Newton

"Desde Santurce a Bilbao

Vengo por toda la orilla,

Con la falda remangada

Luciendo la pantorrilla,

Vengo deprisa y corriendo

Porque me oprime el corsé,

Voy gritando por las calles:

¿Quién compra

Sardinas frescué?"

(Canción popular vasca)

Podría pensarse que fue la, últimamente, descocada y pizpireta Soraya Sáenz de Santamaría quien se acercó a Santurce de semejante guisa. Tal y como describe la vieja copla de Las Encartaciones vizcaínas. Pero no, fue el mismísimo Mariano Rajoy quien se llegó a la villa marinera, y no para comer en Currito, como los clásicos, sino para presentar a los vecinos a los integrantes de la candidatura del PP para las próximas elecciones autonómicas en el País Vasco.

Parece que Rajoy se ha dado cuenta de que, incluso para mantenerse en la situación que tanto parece complacerle, la de "ministro de la oposición", es necesario sestear menos y trabajar más y, estimulado por los tres comicios que se divisan en lontananza, hace sus pinitos. En Santurce, Santurtxi le dicen ahora, el líder del PP más que de Antonio Basagoiti, el candidato, habló de Pedro Solbes. Algún día, alguien descubrirá las razones de la querencia que tienen los de la gaviota para descalificar a los adversarios antes y mejor que glorificar a los propios.

Dijo Rajoy, muy en su línea y con más razón que capacidad de seducción, que "no hay que tener miedo a la crisis; hay que tener miedo a la actuación del Gobierno de España". Eso es verdad, y la incompetencia del Gobierno resulta cada día más evidente. Aun así, no basta con decir que los integrantes del Ejecutivo, ante la difícil situación que nos aflige, sólo han hecho tres cosas: "engañar a la gente, rectificar todo el día, propaganda y gastar a troche y moche". Parecen cuatro más que tres: pero, ¿quién soy yo para llevar la contraria a tan insigne como irresoluto personaje?

Rajoy nunca se ha caracterizado por lo diáfano de sus ideas, es un socialdemócrata que no se atreve a confesarlo, ni por la claridad de sus mensajes; pero en los últimos tiempos abunda en lo confuso y anfibológico. Parece que, más que de costumbre, quiere nadar y guardar la ropa. Acaba de decir en la Cadena SER -¡cómo le gustan al PP quienes le maltratan!- que su partido "va a ganar en las elecciones europeas y gallegas". Es tanto como reconocer lo inevitable: su derrota, probablemente con retroceso, en el País Vasco. Aun así, y con gran solemnidad, Rajoy les aseguró a sus interlocutores radiofónicos que, aunque pierda las europeas, no dimitirá ni convocará un congreso extraordinario que revise la situación.

Supongo que los sabios que, de Pedro Arriola en adelante, rodean e iluminan a Rajoy saben lo que hacen y parten de estudios solventes y prospecciones sociológicas precisas. En consecuencia, el lenguaje de perdedor con el que Rajoy se nos aparece en los actos públicos estará calculado y formará parte de alguna sutil estrategia. En caso contrario sería difícil explicar que sea él mismo quien hace hipótesis de derrota cuando ya estamos, de hecho, en el fragor de tres campañas electorales cuasi simultáneas.

El aparentemente desnortado Rajoy, inmerso en la práctica de la gravitación política particular, tiende a recordar a Isaac Newton, el descubridor de la ley de la gravitación universal. No por su talento, claro está, sino por su capacidad para la distracción y el despiste. En cierta ocasión, según cuentan sus biógrafos, el gran genio de la ciencia inglesa quería averiguar, con toda precisión, el tiempo necesario para cocer un huevo de gallina. Reloj en mano, se apostó frente al fogón y, no sin gran tribulación, descubrió al poco de comenzar el hervor que su reloj estaba en la cazuela y lo que tenía en su mano era el huevo del experimento. ¿Qué tendrá Rajoy entre manos?

Manuel Martín Ferrand